¿Quién dice que no se puede?

  • La corrupción no es una condena inevitable, sino una práctica normalizada por gobiernos y ciudadanos. Pensar en un país honesto incomoda porque implica perder privilegios, romper pactos y dejar de justificar lo injustificable.

Por Ernesto A. Gómez Martínez

Hubo una frase que incomodó al poder más de lo que hoy incomodan muchos gobiernos completos: ¿Quién dice que no se puede? La pronunció Roberto Madrazo. Perdió una elección, pero dejó algo más peligroso para el sistema: la duda. La sospecha de que el país no está condenado a la corrupción, sino acostumbrado a ella.

Hoy esa frase suena casi subversiva. No porque sea ingenua, sino porque cuestiona la resignación. Porque obliga a aceptar una verdad incómoda: no vivimos mal por falta de recursos, vivimos mal por exceso de simulación. Cambian los gobiernos, cambian los discursos, pero el saqueo se administra con distintos logotipos.

Se nos ha entrenado para creer que un gobierno sin corrupción es imposible. Que robar es parte del cargo. Que desviar recursos es un “error administrativo”. Que la impunidad es normal. Ese es el verdadero triunfo del sistema: no el robo, sino que nadie se indigne.
Hablar de cambio real provoca burlas. Hablar de honestidad causa sospecha. Hablar de consecuencias jurídicas incomoda. Porque un gobierno limpio no sólo gobierna: rompe pactos, exhibe complicidades y deja sin coartadas a quienes han vivido del presupuesto como botín.

La pregunta nunca fue si se puede. La pregunta es quién está dispuesto a perder privilegios para que se pueda. Quién aceptaría gobernar sin contratos inflados, sin moches, sin operadores intocables. Y más aún: quién como ciudadano está dispuesto a dejar de justificar lo injustificable.

Tal vez pensar en un país sin corrupción parezca una utopía. Pero aceptar que no hay alternativa es rendición. Y la rendición, aunque no se firme, también se paga. Siempre la pagan los mismos. Mientras alguien siga preguntando ¿quién dice que no se puede?, el conformismo no tendrá la última palabra. El problema es el silencio de quienes ya se acostumbraron a vivir de rodillas.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *