Entre payasos legislativos y reformas a modo: ¿A dónde vamos como país?
- La conducta de nuestros legisladores federales, tanto de la mayoría oficialista como de la oposición, raya en lo grotesco
- Elegir jueces “por el pueblo” suena bien, pero puede ser el principio del fin de la autonomía judicial.
- Lo preocupante no es solo la irresponsabilidad del poder, sino el silencio social ante el abuso
Por Ernesto Atenógenes Gómez Martínez
La tribuna del Congreso de la Unión debería ser un santuario de la democracia, el espacio donde nuestras leyes se debaten con responsabilidad, visión de Estado y respeto por el pacto social. Sin embargo, lo que observamos hoy dista mucho de ese ideal. La conducta de nuestros legisladores federales, tanto de la mayoría oficialista como de la oposición, raya en lo grotesco. Un espectáculo bochornoso que convierte el recinto legislativo en un circo… y no precisamente romano.
Mientras unos modifican la Constitución como si fuera un capricho personal, sin respetar su espíritu ni su función de salvaguarda institucional, otros se suman al show sin dignidad, atrapados en el juego político de la desmemoria. No se discuten ideas, ni propuestas de fondo, mucho menos se legisla pensando en el futuro del país. Se gritan reclamos del pasado, se insultan con cinismo, y se acusa ingenuidad legislativa a quien no se alinea. Todo esto pagado, claro, con nuestros impuestos.
Y mientras el país observa atónito —o resignado—, algunos sectores de la sociedad siguen obnubilados por la narrativa oficial del “bienestar”, contentos con una despensa o una beca que, si bien ayuda, no sustituye ni por asomo un verdadero sistema de salud, educación ni justicia funcional.
¿En qué momento confundimos la política de derechos con una estrategia clientelar?
¿Dónde quedó la promesa de salud como en Dinamarca, si ni siquiera una aspirina puede entregar la megafarmacia?
La Guardia Nacional sigue siendo un ente sin identidad: ¿son militares o policías civiles? La ciudadanía no lo sabe, y lo más grave es que ellos tampoco parecen saberlo. Y ahora, la cereza del pastel: una reforma judicial que no busca fortalecer la justicia, sino politizarla. La elección “popular” de jueces puede sonar atractiva como eslogan de campaña, pero es una amenaza seria cuando no existen garantías de mérito, experiencia, ni autonomía real.
La imparcialidad se diluye cuando el Poder Judicial se convierte en botín electoral. ¿Qué independencia puede haber si el juez debe su puesto a un partido o a una base de simpatizantes ideologizados? Adiós justicia, bienvenida la parcialidad institucionalizada.
Lo preocupante no es solo la irresponsabilidad del poder, sino el silencio social ante el abuso. Como si un poco de atole con el dedo fuera suficiente para calmar el hambre de justicia y desarrollo.
México necesita con urgencia una ciudadanía más crítica, más informada y más valiente. Porque si el pueblo no exige, la clase política seguirá creyendo que puede jugar con las instituciones sin consecuencias.
Hoy, el Congreso parece más un teatro decadente que el corazón legislativo de una república. Y si no despertamos pronto, terminaremos aplaudiendo tragedias escritas por cómicos vestidos de traje.


